Se ha usado hasta el cansancio el juicio a Galileo Galilei como presunta demostración del «oscurantismo» de la Edad Media y de la Iglesia. Pero, para empezar, Galileo vivió en una época posterior, la del Renacimiento. A continuación presentamos algunas observaciones sobre su caso.

Galileo no fue el autor de la teoría heliocéntrica (que dice que la Tierra gira alrededor del Sol, y que el Sol es el centro del universo), pero sí un defensor de ésta.

Nicolás Copérnico, clérigo católico polaco, había propuesto un modelo matemático para apoyar el heliocentrismo, y esta teoría se venía enseñando sin ningún problema en las universidades desde 70 años antes de que Galileo escribiera algo en favor de dicha postura.

La Iglesia ciertamente veía con mucho mayor agrado la teoría geocéntrica (que la Tierra está en el centro del universo y todo gira a su alrededor), ya que en varios pasajes de la Biblia esto mismo parece sugerirse (ver, por ejemplo, Josué 10, 13; Salmos 19, 6; Eclesiastés 1, 5).

En 1615 el sacerdote carmelita Foscarini escribió un libro heliocentrista y pidió al cardenal san Roberto Bellarmino su opinión.

El santo respondió que «si hubiera una verdadera demostración de que el Sol está en el centro del universo y… que la Tierra circulara el Sol, entonces podría ser necesario proceder con gran cuidado al explicar los pasajes de la Escritura que parecen contrarios, y deberíamos más bien decir que no los comprendimos, antes que decir que alguno era falso».

En 1616 la Congregación del Índice emitió un decreto disciplinar —por tanto revocable— donde no se señalaba al heliocentrismo como herejía pero sí se decía que era falso y opuesto a las Sagradas Escrituras.

Ese mismo año, por orden del Papa Pablo V, el cardenal Bellarmino fue encargado de citar a Galileo para ordenarle, delante de notario y testigos, que no enseñara ni defendiera el heliocentrismo

En 1623 fue electo el Papa Urbano VIII, un admirador de Galileo, a quien incluso había dedicado una poesía latina en la que alababa sus descubrimientos astronómicos. Además, puso en puestos de mucha confianza a amigos y partidarios de Galileo.

En 1624 Galileo fue recibido por el Papa en seis ocasiones, con lo que el astrónomo comprobó que, si bien Urbano VIII no consideraba herético el heliocentrismo, sí lo consideraba una hipótesis matemática pero no demostrable, además de doctrinalmente temeraria; argumentaba que quien pretendiera haberla demostrado estaba poniendo límites a la omnipotencia de Dios.

Galileo decidió entonces escribir una obra presentando un diálogo entre dos personales: Salviati, defensor del heliocentrismo, y Simplicio, defensor del geocentrismo y que siempre lleva las de perder.

Al final de la obra, Simplicio presenta el argumento dado por el Papa a Galileo, lo que no se podía entender sino como una burla deliberada contra el pontífice.

Galileo acabó su libro en 1630, y lo llevó a Roma para que se publicara con imprimatur (permiso eclesiástico), el cual obtuvo del dominico Niccolò Riccardi tras las enormes presiones del Gran Duque de Toscana.

En 1632 se publicó el libro. Ahí se exponía un nuevo argumento heliocentrista, el de las mareas, pues Galileo pensaba equivocadamente que se debían no a la influencia de la Luna sino al movimiento de la Tierra alrededor del Sol.

La Iglesia inició una investigación, y en abril de 1633 Galileo fue procesado en Roma por el Santo Oficio. A pesar de las evidencias, Galileo negó haber defendido el heliocentrismo, y presentó como defensa una carta de 1616 del ya fallecido san Roberto Belarmino, donde se daba fe de que Galileo no había tenido que abjurar.

Así, el tribunal se centró en la prohibición de 1616, pero entonces Galileo dijo que no recordaba dicha prohibición.

A instancias del Papa, a fin de salvar el honor del tribunal condenando a Galileo y luego el pontífice cambiando su castigo por prisión domiciliaria, el Padre Comisario del Santo Oficio habló privadamente a Galileo para convencerlo de que reconociera su error, y lo consiguió: tres días después dijo ante el tribunal que, debido no a mala fe sino a vanagloria, había expuesto los argumentos en favor del heliocentrismo con una fuerza desproporcionada.

En mayo el astrónomo fue llamado a presentar su defensa, y en junio el Papa pidió al Santo Oficio que se examinaran las intenciones de Galileo mediante amenaza de tortura —que de antemano se sabía que no se iba a realizar—, y que luego abjurara de manera pública de la sospecha de herejía, además prohibíendosele que en el futuro tratara de cualquier modo el tema del movimiento de la Tierra. Galileo fue sentenciado y abjuró el 22 de junio de 1633.

Redacción

TEMA DE LA SEMANA: A 386 AÑOS, LA POLÉMICA SOBRE GALILEO Y LA IGLESIA SIGUE

Publicado en la edición impresa de El Observador del 23 de junio de 2019 No.1250