Por Mónica Muñoz

Pues, por increíble que parezca, se ha ido un año más sin sentirlo, y, tal como lo marca la tradición, para estas fechas vienen los propósitos de año nuevo que nos impulsan a desear comenzar de cero con aquellos pendientes que dejamos en buenas intenciones.

Por eso, ya no nos extraña que, para principios de año, la publicidad haga lo suyo, pues quienes se dedican a ella ofrecen mercancía para toda clase gustos y necesidades, porque conocen bien su negocio. Así, pues, nos encontramos con aparatos para hacer ejercicio que prometen figuras envidiables en sólo ocho semanas, dietas milagrosas, descuentos inauditos en gimnasios, todo tipo de cursos, desde superación personal, pasando por alta cocina y repostería, hasta carreras universitarias en línea que duran nada más un año.

Pero los buenos propósitos se van postergando una vez más, hasta no verle fecha definitiva. Y, nuevamente, sin darnos cuenta, llegamos al final del año sin haber cumplido lo que nos propusimos; todo, porque la rapidez con la que vivimos apenas nos deja tiempo para respirar. Por eso es momento para detener nuestra loca carrera y darnos un tiempo para la reflexión profunda, porque recordemos que nadie tiene la vida comprada. En cualquier momento podemos morir y, entonces sí, no habrá nada qué hacer para mejorar nuestra forma de vida.

Y no me refiero únicamente a lo material; eso, al final del trayecto, se quedará en este mundo y de nada nos habrá servido vivir para acumular bienes materiales.

¿Qué nos hace falta? Sin duda, modificar la actitud ante lo que se presenta en la vida. Cada quien sabe de qué pie cojea, como dice el refrán. Hay quienes deben trabajar en su carácter agrio para dulcificarlo y dejar de ser la piedra en el zapato de quienes conviven con ellos; o están los que son débiles y dejados, o los mandones y posesivos, los egoístas y envidiosos, los perezosos y abúlicos, los malhechos y desidiosos, los soberbios y orgullosos, bueno, que, para defectos, la lista no acaba, todos tenemos en gran cantidad.

El que vive sin pensar en el mañana, que se cree eterno, que imagina que lo que haga o deje de hacer no tendrá consecuencias, se comporta como un necio. Todo en esta vida, tarde o temprano se paga; por eso, mejor que sean las buenas acciones las que hablen de nosotros. Detectemos nuestras actitudes negativas y trabajemos para desterrarlas de nuestro comportamiento. Si es necesario, busquemos ayuda. Un buen psicólogo sería muy benéfico, pero, cuando se es católico, la Confesión frecuente, la Misa, la Comunión y la oración se convierten en la fórmula insustituible para transformar el corazón más empedernido.Que este año que comienza verdaderamente esté enfocado en el cambio de nuestras actitudes, para que nuestra vida, nuestra familia y la sociedad en la que vivimos experimenten una auténtica transformación.