Por Tomás de Híjar Ornelas

“Un infierno habitado por los de nuestra misma especie, a pesar de todas las torturas, es mucho más deseable que un cielo ocupado por los seres monótonos a quienes nos presentan como modelos de virtud”. Marqués de Sade

La provocadora frase de este epígrafe es de la novela Las 120 Jornadas de Sodoma, o la Escuela del Libertinaje, compuesta en 1785 por François, Marqués de Sade, mientras estaba recluido en la Bastilla de París, pero que sólo se publicó hasta 1904.

Aquí nos sirve para referirnos a una de las artimañas más recurrentes y pútridas para medrar y es la que resalta el título de esta columna, toda vez que hacer negocio con la pobreza, con los pobres y con las necesidades humanas más lastimosas ha sido y seguirá siendo una de las incurables llagas de la humanidad, y más ahora, en la que el Estado de Bienestar agoniza y no sabemos quién vaya a reemplazarlo.

Si bien se ve, la esencia misericordiosa del cristianismo desde su cuna es la base del asistencialismo social. Según lo cuenta de forma trepidante esa crónica de los primeros pasos de nuestra fe que es el libro de los Hechos de los Apóstoles, la primera comunidad de bautizados así vivió una suerte de comunismo primitivo: «La multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma. Ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común […] Así que no había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el producto de lo vendido y lo ponían a los pies de los Apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad» (Hech. 4, 32-35).

Que se viviera en toda su radicalidad no estamos en condiciones de evaluarlo, pero sí lo complicado que terminó siendo, poco después, administrar de forma equitativa este fondo común, al grado de volverse imposible sostenerlo bajo la tutela de los Apóstoles.

Entraron en acción los diáconos y la diaconía se convirtió en uno de los ministerios esenciales de aquellas pequeñas comunidades y así aspira a restaurar este servicio el Papa Francisco, no sin antes remover el grueso sedimento que seguimos arrastrando como secuela de la adopción del cristianismo como la religión oficial del Imperio romano, al haber hecho recaer en los obispos la atención a los pobres hasta que en el siglo XIX los Estados–Nación les arrebataron tanto su competencia jurisdiccional para hacerlo como la masa patrimonial acumulada para ello.

¿Qué ha quedado, luego de la confrontación y caducidad del Estado–Nación y su fruto natural, el Estado de Bienestar, en nuestro tiempo? Un nudo en el que se anidan todas las complejidades humanas, lacras y corruptelas, un vertedero de iniquidades, sin duda, pero también una sombra, un rastro y un hilo conductor de lo que los cristianos abandonamos cuando el totalitarismo estatal apretó sus tuercas sin remediar a fondo los problemas.

Tendría razón el Marqués de Sade en la afirmación lapidaria con la que comenzamos si nos reducimos a considerar que la oferta existencial cristiana está en las estructuras. No. Está en las motivaciones que cada bautizado tiene y madura para ofrecerse como un vehículo de Jesús misericordioso.

Publicado en la edición impresa de El Observador del 19 de enero de 2020 No.1280