Por Tomás de Híjar Ornelas

Tenía la conciencia limpia. No la usaba nunca. Stanislaw Jercy Lec

Si el enfrentamiento de Nemesio Oceguera Cervantes, “el Mencho” (Aguililla, Michoacán, 1966) y José Antonio Yépez Ortiz, “el Marro” (Guanajuato, Guanajuato) sigue siendo para nosotros la guerra por el espacio y el control del trasiego de la droga de dos hampones asentados en el Bajío y el Occidente de México,

seguiremos viendo los toros desde la barrera, comportándonos como espectadores pasivos de un drama que, si no toca fondo ya, será la vuelta de tuerca para el proceso que comenzó hace 198 años con la firma del Acta de la Independencia del Imperio Mexicano el 28 de septiembre de 1821, y del que se cumplirán 200 años en pocos meses sin que nadie se sienta aludido.

De la tradición oral de mis padres y abuelos recibí datos de bandoleros célebres en sus comarcas, de los que limpió el país el rifle sanitario del dilatado mandato del caudillo Porfirio Díaz. De un tal “Chino” Cardona, que asoló el camino real al puerto de San Blas entre Amatitán y Tequila; de los “tulises”, comandados por Teodora Bañuelos en el camino de la plata del mineral de Bolaños…

Que resurja esa peste que pensaba uno extinta –como ahora mismo la renovada pandemia por el covid-19–, sólo nos deja ante dos amargas realidades: la pobreza en Hispanoamérica (la parte ‘católica’) buscando una justificación y un paliativo ante la demanda enorme de consumo de drogas en los Estados Unidos (la parte ‘cristiana’).

Ahora que todo parece envuelto por las tinieblas y las sombras de la muerte, los católicos podemos erguirnos en pos de las huellas de nuestro Maestro para evangelizar desde la base: la comunidad y los fieles laicos.

Que la cuarentena obligara a la suspensión de misas en los templos del país y su discreta apertura a escenarios desolados exhibe también lo que nos negábamos a ver los curas: que el grueso de nuestros devotos practicantes se acercan a los templos en día de precepto por eso, por tradición o por hábito, pero no por necesidad o deseo ardoroso de encontrarse con sus hermanos en un banquete (ágape) fraterno, que no se alcanza ni en actos masivos ni en celebraciones rutinarias.

Lo que vemos ahora escupiendo pus en testimonios como los que “el Marro” se regodea en divulgar, no intimidarán más que a muy pocos, pero sí muestran la cantidad de odio que un corazón puede acumular si no lo unge la misericordia, el perdón y la compasión.

Si el combustible del odio son la injusticia y la mentira, su antídoto ha de consistir, para los bautizados, no en el dinero ni en las cosas, sino, a decir del Papa Francisco, en “las riquezas escondidas en el Corazón de Jesús”, que no son otras que “aprender a amar al prójimo”, incluso al clero, para cuyos miembros pide fortaleza en su vocación, consuelo en su ministerio y ministerio alegre del Evangelio ante todas las gentes. Ni narcicismo, ni victimismo, ni pesimismo, pues…

Publicado en la edición semanal digital de El Observador del 28 de junio de 2020. No. 1303