Decía san Juan Pablo II que “la santidad, de hecho, se logra siguiendo a Jesús, sin evadirse de la realidad y sus pruebas, sino afrontándolas con la luz y la fuerza de su Espíritu”.

Y es precisamente en las pruebas donde la santidad puede notarse más, pues Dios llama a imitarlo hasta el heroísmo si es necesario, es decir, dando la vida por los demás, sea en el plano físico o en el espiritual. La historia de la Iglesia muestra cómo en medio de las más terribles epidemias hubo clérigos, monjes, monjas y feligreses comprometidos que supieron hacer a un lado su seguridad y su miedo porque creyeron en las palabras del Señor: “No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma” (Mateo 10, 28).

En este año litúrgico, el terror a contagiarse llevó en muchos lugares a tomar decisiones desproporcionadas en torno a la vida sacramental. Clérigos que cancelaron todas las Misas incluso antes de que llegara el virus a sus zonas; otros que decidieron que no se volvería a celebrarse la Eucaristía sino hasta 2021; unos cuantos enseñando a los feligreses a “consagrar” pan por sí mismos para sustituir la Eucaristía; alguno mandando que fueran los médicos y no los sacerdotes los que dieran la Comunión a los enfermos de covid; otro, enseñando que el precepto dominical “no es indispensable”, etc.

Los demás sacramentos también fueron alcanzados con decisiones extrañas. Una arquidiócesis prohibió a los sacerdotes realizar hasta los Bautismos de emergencia; algún cardenal se equivocó al decir que no había problema en impartir el sacramento de la Confesión por videoconferencia; en algún lugar donde retornaron los Bautismos, el agua se administra a los bebés a más de un metro de distancia por medio de un juguete de plástico: una pistola de agua; y en algunas diócesis se está impartiendo la Confirmación ungiendo la frente por medio de un hisopo en lugar de hacerlo con la mano, lo que lo haría inválido.

Ante toda esta confusión, es reconfortante descubrir que hay obispos y presbíteros que, a ejemplo de san Carlos Borromeo y los otros grandes héroes católicos de antaño, no se amedrentan en su deber sacerdotal, sabedores de que es bueno cuidar la salud de los cuerpos, pero que es mucho más importante cuidar la salud de las almas, y que ésa es la misión de la Iglesia. Y por ello, con precauciones claro está, se dan a la tarea de defender y administrar los sacramentos, acercándoselos a los fieles.

TEMA DE LA SEMANA: LA FE SE ENCENDIÓ DETRÁS DE UNA MASCARILLA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 22 de noviembre de 2020. No. 1324