El michoacano Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu (1783- 1824) es el verdadero Padre de la Patria mexicana.

Católico practicante, entró al seminario; pero tras darse cuenta de que el sacerdocio no era su vocación, a los 14 años de edad ingresó al ejército virreinal. Se casó a los 22 años, y engendró con su esposa diez hijos.

En 1810 Miguel Hidalgo lo invitó a unirse al ejército insurgente, ofreciéndole el rango de teniente coronel. Pero, si bien Iturbide estaba interesado en la independencia, rechazó la invitación porque veía que el movimiento encabezado por Hidalgo sólo se estaba dirigiendo a exterminar gachupines, saquear haciendas y violar mujeres.

Así que Iturbide se mantuvo en el ejército virreinal. Pero cuando en 1820 el rey de España fue obligado por los liberales masones a jurar la anticatólica Constitución de Cádiz, don Agustín se sumó a la Conspiración de la Profesa para lograr la independencia.

Tras que el 27 de septiembre de 1821, con su Ejército de las Tres Garantías, Agustín de Iturbide consumara la independencia de México, debía establecerse una monarquía no absoluta sino constitucional, de acuerdo con lo pactado por todos. Pero como ningún noble español estuvo dispuesto a iniciar una monarquía autónoma, el propio pueblo de México designó a Iturbide, que se convirtió en emperador el 21 de julio de 1822.

Al constituirse el Congreso Nacional, éste cayó en manos del liberalismo masónico, que buscaba una república y rechazaba el imperio y, desde luego, el cristianismo. Iturbide abdicó a la corona en marzo de 1823, por lo que su reinado fue de sólo diez meses.

Vivió exiliado en Europa; pero en 1824 intentó salvar a su patria pues se enteró de buena fuente que el rey Fernando VII de España planeaba una expedición contra México a fin de reconquistar esta tierra. Iturbide volvió para alertar y ayudar en la de- fensa nacional.

Mas el Congreso había decretado que en adelante el ex emperador debía ser considerado oficialmente un “traidor” —aunque no se explicó por qué— y que debía morir si retornaba a México.

Detenido en Tamaulipas el 16 de julio de 1824, don Agustín de Iturbide fue enviado al pueblo de Padilla y fusilado el 19 de julio.

¿Monarquía es traición?

Por consigna oficial, se vale mentir afirmando que el Plan de Iguala y la consumación de la independencia son obra de Vicente Guerrero, y no de Iturbide.

Hoy se ataca a éste por haber querido un régimen monárquico, como si eso fuera un delito; pero esto es desconocer que México entero —salvo un puñado de liberales republicanos— quería la monarquía. El propio Miguel Hidalgo arengó al pueblo clamando la madrugada del 16 de septiembre: “¡Viva Fernando VII!”; además el Cura llegó a hacerse llamar “Alteza serenísima”.

México había vivido 300 años de virreinato, y, antes de ello, estuvo sometido al imperio azteca de los huey tlatoani. Igualmente, todas las potencias europeas tenían régimen monárquico, así que no tenía nada de raro que para la inmensa mayoría de los mexicanos de la época de Hidalgo e Iturbide el sistema monárquico fuera aquel que tenían en mente para su nación.

Si se pretende que Iturbide es un traidor por no haber establecido una república y por sí aceptar el cargo que los mexicanos le dieron como emperador de México, entonces no se está respetando el derecho del pueblo a decidir cómo quiere ser gobernado (democracia); y habría que considerar igualmente como “traidores” a Moctezuma Ilhuicamina, Cuitláhuac, Cuahutémoc, a Miguel Hidalgo, etc.

Padre olvidado

La memoria de don Agustín, Padre de la nación mexicana, ha quedado en el olvido. Su nombre fue quitado de las paredes del Congreso, jamás se le menciona el 15 de septiembre durante la ceremonia del Grito, y ni siquiera se celebra la fecha de la consumación de la independencia.

Pero él fue quien resucitó un movimiento independentista que ya estaba casi muerto; ideó un plan capaz de juntar todos los ánimos, intereses y perspectivas que había; logró la independencia con medios pacíficos; fue el creador de la primera democracia en México, y le dio su primer proyecto de nación.

Indígenas, criollos y mestizos coincidían en que no había otro mexicano que mereciera gobernarlos, y que si Iturbide se negaba a tomar el mando, debería ser obligado por la fuerza dado que la voluntad de la nación pesa más que la de un solo individuo. Por eso su proclamación como primer emperador de México fue un auténtico acto de voluntad popular, y no una traición.

TEMA DE LA SEMANA: UN BICENTENARIO SIN IDENTIDAD Y SIN MEMORIA

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 26 de septiembre de 2021 No. 1368